¿Cómo la atención plena puede ayudarnos a la hora de comer?

Imaginemos a un catador de vinos. Cuando desempeña su labor, lo realiza en un lugar especialmente acondicionado, silencioso y agradable y pone toda su atención en el acto de apreciar la calidad y las propiedades de cada sorbo del vino. Lo hace despacio, concentrándose en las sensaciones provenientes de los sentidos de la vista, el olfato, el gusto, e incluso del tacto, ya que la lengua tiene este sentido y detecta la temperatura y la densidad del líquido presente en la boca. De esta manera es capaz de apreciar una infinidad de olores, sabores y texturas con variedad de matices cada uno.

Alguien podría pensar: «…Bueno, el catador ha entrenado sus sentidos, ¿qué tiene que ver esto con mi caso particular?» Sí, es verdad, pero la clave está en la actitud de hacerlo despacio, con atención plena en los sentidos. A pesar de estar entrenado, no se lanza a la cata en modo «piloto automático», despegado del momento y absorto en pensamientos acerca del pasado o planes sobre el futuro.

Esta misma actitud aplicada a la conducta de alimentarse resulta muy beneficiosa para las personas que quieren controlar su peso o superar alguna patología de la conducta alimentaria y en general para todos los que quieren comer de forma más saludable y satisfactoria. Así lo indican los datos de numerosos estudios llevados a cabo en diferentes países del mundo y con poblaciones diversas en cuanto a razas, profesiones y estratos sociales. Comer con atención plena ha ayudado a disminuir el peso corporal en personas que lo necesitan, a reducir la frecuencia de los atracones de comida, a eliminar la necesidad de comer en situaciones de estrés y ante emociones desagradables.

Y ¿cómo ayuda la atención plena a controlar lo que comemos? Desde el momento en que iniciamos la ingesta, transcurren aproximadamente 20 minutos hasta que el cerebro empieza a sentir que el organismo está saciado y por tanto puede dejar de comer. Si comemos despacio, masticando mucho y bien cada bocado, eso nos permitirá ingerir una menor cantidad de comida hasta que aparezcan las señales de saciedad. Estar plenamente atentos a las sensaciones que producen el aspecto, el color, el olor, la dureza, la temperatura, los sabores de los alimentos, o al sonido al masticar estos alimentos en la boca, puede resultar sumamente satisfactorio, fisiológica y psicológicamente hablando, y es por eso que las señales de saciedad aparecen con menores cantidades de comida. Dirigiendo nuestra atención a las señales provenientes del cuerpo, aprendemos a diferenciar las señales de saciedad y las del hambre y a distinguir entre el hambre de verdad y el asociado a emociones como el aburrimiento o la tristeza.

Estar sentados en la mesa, apagando la tele mientras comemos, honrando el hecho de que estemos vivos y a los alimentos que nos nutren y hacen posible el milagro de vivir, tiene el poder inmenso de sanar nuestra relación con la comida.
Inténtalo y cuéntanos qué te ha parecido. ¡Buen provecho!