En este contexto neoliberal en el que vivimos nos hemos ido acostumbrado a ser sometidas y sometidos a evaluación constantemente. Y a fuerza de evaluaciones hemos aprendido a poner nota a todo lo que forma parte de nuestra vida: lo que hacemos y lo que no, lo que comemos y lo que no, lo que nos gusta y lo que no… pero no todas y todos sufrimos la evaluación en igual grado, al menos no sobre los mismos parámetros.

Hay una evaluación que por temprana y transversal pasa constantemente desapercibida con lo que pasa a formar parte del «material no atendido conscientemente» de nuestra mente. Material no atendido conscientemente no es sinónimo de NO atendido, sino atendido de tal forma que no podemos luchar contra él, en la mayoría de las ocasiones, porque no sabemos dónde está. Ni siquiera sabemos que existe y lo que no existe no es susceptible de reflexión. Me refiero a la evaluación MACHISTA que constantemente se realiza sobre las mujeres centrada, casi con total exclusividad, en su aspecto físico, reduciendo así en un suerte de sinécdoque perversa el todo, la persona, a una sola parte, su apariencia física.

Contrariamente a lo que a veces se piensa, esta evaluación no es exclusiva de los hombres o de las mujeres, sino que surge de un sistema concreto -patriarcal y capitalista- cuya mirada androcéntrica nos envuelve y atraviesa puesto que estamos inmersos en él. Dicho sistema se nutre de una serie de presupuestos que solemos asumir de forma acrítica puesto que se nos presentan como hechos «naturales». Uno de sus ejes básicos es el sistema sexo-género en el cual se asocian, presentándolas como «normales» o «naturales», ciertas características con el sexo de la persona. Así, se asume que mientras que las mujeres son bonitas, sensibles y frágiles, los hombres son valientes, racionales y fuertes. Y así, en este sistema, a las mujeres se nos considera «objetos» cuya valía reside en su apariencia y que, además, hay que proteger debido a su fragilidad.

No es necesario profundizar mucho para encontrar evidencias de esta idea. Cualquier mujer que aparezca en escena pública, independientemente de la razón por la que aparezca, -sus dotes como científica, matemática, actriz, política, periodista, deportista…- es sometida, sistemáticamente, a una evaluación física. Recuérdese, a modo de ejemplo, las preguntas que siempre se les hacen a las actrices sobre sus vestidos en cualquier gala de cine, el polémico beso de Sara Carbonero, o los comentarios que a diario escuchamos sobre el aspecto físico de nuestras políticas, impensables todos ellos para sus colegas masculinos.

Existen, en nuestra cotidianeidad, diversas manifestaciones de esta evaluación-objetuación. En ciertas frases del refranero español: «bailar con la más fea». En la intimidación verbal callejera, mal llamada por algunos piropo. Incluso en algunas letras de canciones de supuestos defensores de la igualdad, «besos en la frente le dan, nadie trata de ir más allá…» cantaba Sabina refiriéndose, para ensalzar, a las «feas».

Y así, a base de normalización vamos interiorizando, de forma más o menos inconsciente, que nuestra valía depende de nuestro aspecto físico y que, no sólo es normal que se nos evalúe abiertamente mientras paseamos por la calle sino que es, incluso, deseable. Y así, a base de normalización, vamos repitiendo estos esquemas y nos convertimos, en evaluadas-evaluadoras de otras, utilizando, eso sí, los parámetros preestablecidos.

Decía Virgina Woolf en «Una habitación propia» que «durante todos estos siglos, las mujeres han sido espejos dotados del mágico y delicioso poder de reflejar una silueta del hombre de tamaño doble al natural» y además, añadiría yo «una silueta de sí mismas que las reduce a la mitad». Es momento de que tomemos consciencia de que nuestra valía no puede medirse a través de un juego de lentes distorsionadas. Es el momento de empezar a utilizar otros parámetros…

Foto: Elisabetta Foco