Nuestra mente es peculiar. Trabaja constantemente, creando pensamientos, sentimientos e imágenes sobre nosotros y sobre el mundo. También es peculiar el hecho de que nos creemos todo lo que la mente nos dice y estamos absolutamente convencidos de que lo que pensamos es la realidad: la verdad absoluta.

¿Pero es así? Cuando mi madre y yo damos un paseo por el parque, yo veo los bancos rotos, el césped sin cortar, las hojas caídas al suelo sin barrer, la basura de la gente acumulada alrededor de los cubos de basura y escucho el griterío de los niños jugando que retumba en mi cabeza. Esta «realidad» me parece fea y casi que lamento haber entrado en el parque. Mi madre, en cambio, empieza a comentar lo bonitos que son los colores de los árboles, lo agradable que es sentir la suavidad del sol, los estupendos que son los cantos de los pajaritos o las risas de los niños  y qué hermosas son las flores. Esa es su «realidad». El mismo parque, dos realidades. ¿Cuál de las dos es la «correcta»?

Aquí lo importante no es que ambas realidades pueden ser ciertas, sino que a mi madre el buen estado de ánimo iniciado por el paseo en el parque le dura todo el día y todo lo que hace después le sale «bien», mientras que a mí… que os voy a contar. Mi día se ve salpicado por un problema tras otro.

Y el segundo aspecto importante es que cuando una persona es mindful, cuando tiene atención plena, observa con amabilidad el trabajo de la mente momento tras momento y reconoce al instante el surgir de un pensamiento de rechazo, incomodidad y enfado u otro. Sin combatirlo, lo deja permanecer en la conciencia, no se sube al «tren» de su contenido y poco a poco lo deja ir. Así, en mi caso, si hubiera sido mindful, «mi realidad» del parque no me hubiera malhumorado y fastidiado el resto del día. Hubiera sido libre de las imposiciones de mi propia mente.

Lo mismo ocurre con la imagen corporal que tenemos de nosotros mismos. Nos viene a la cabeza un pensamiento acerca de nuestro aspecto físico y automáticamente nos creemos esta «verdad» sobre nosotros y además, que los demás «nos ven» de esta manera. Lo peor es que nos quedamos atrapados en el contenido de nuestro pensamiento.

Pero no tiene por qué ser así. Es cierto que estar atentos plenamente a los juegos de nuestra mente no va a eliminar el estrés, la decepción, la inseguridad o cualquier otra emoción o pensamiento negativo, puesto que estamos vivos seguiremos sintiendo y pensando. Pero nos va a hacer libres de elegir si creer todo lo que la mente nos dice o no.

Fotografía: Joshua Earle