Tengo que reconocerlo: me entristece terriblemente leer titulares sobre lo crueles que pueden llegar a ser las mujeres consigo mismas y con las demás en cuestiones de imagen. Me apena escuchar que son «ellas» sus peores enemigas porque son las que se juzgan con dureza a sí mismas y atacan «despiadadamente» la apariencia de las otras mujeres. Esta idea está muy presente en las discusiones de las redes sociales y en conversaciones cotidianas.

No me cuesta reconocer que las mujeres son las principales «evaluadoras» de sí mismas y de las demás pero sí me duele, y mucho, la forma en que se plantea esta idea y la creencia que lleva implícita: pareciera que somos nosotras las responsables y culpables de estar tan preocupadas por la apariencia propia y ajena. Son las mujeres (ellas solas) las que se obsesionan por su aspecto, como si esa costumbre de quejarse de estar gordas o de «despellejar» a las demás por la ropa o el peinado que llevan formara parte de la condición femenina. La mayoría de nosotros (hombres y mujeres) aceptamos este hecho como una verdad incuestionable, pero siento discrepar: No lo es.

A las mujeres nos entrenan para ser guapas. Desde niñas pronto aprendemos lo importante que es llevar el vestido apropiado para cada ocasión, que el color de los leotardos combinen con el resto de la ropa, que los zapatos vayan a juego. Podemos adornar nuestro pelo con lazos, diademas, horquillas, pinzas, coleteros…Usar mil complementos: pulseras, collares, bolsos, pañuelos, etc., y peinarnos de mil formas diferentes. Todo ello con un claro objetivo: estar lo más guapas posibles. Hasta nos dan la oportunidad de practicar con los principios de la estética a través de los juguetes: ¿qué niña no ha tenido alguna vez la ocasión de peinar o vestir a una muñeca para que esté linda? Más tarde nos exponemos a un bombardeo de imágenes de mujeres exuberantes y sin «defectos». Lo peor es que nos acostumbramos a esas imágenes y las usamos como referente del tipo de belleza a los que aspirar.

Desde que tenemos uso de razón recibimos el mensaje claro y contundente sobre la importancia que tiene la forma en que vamos vestidas, peinadas o maquilladas. Las mujeres somos educadas en la creencia de que feminidad y belleza son dos cuestiones indisolubles. Aprendemos muy bien  el valor de «ser guapas», pero también que no todas contamos con el preciado «don» de la belleza de forma natural. Después, cuando terminamos alienadas por la apariencia, luchando contra el exceso de peso para no estar gordas y contra todo lo que «supuestamente» nos afea (la celulitis, las estrías, las arrugas, las manchas, las tetas caídas, la piel  flácida, las canas…), entonces nos dicen que somos crueles con nosotras mismas y nos acusan de estar obsesionadas con nuestra imagen corporal. Disculpen, pero esta es una reacción esperable en muchas mujeres, sobre todo en aquellas que son más vulnerables, psicológicamente hablando.

Por tanto, afirmo rotundamente que la preocupación por la apariencia no es una característica genética de las mujeres sino el resultado de un largo proceso educacional.

Tampoco es inherente a la condición femenina la «obsesión» por la apariencia del resto de mujeres. Internalizamos que nuestro valor depende del «partido» que le sacamos al aspecto físico y asumimos que  seremos evaluadas constante y continuamente a lo largo de nuestra vida, entonces ¿a quién le sorprende que las mujeres se conviertan en «evaluadoras» de la apariencia de las demás mujeres? Cuando nos enseñan a estar guapas, también nos están enseñando a rivalizar entre nosotras por la belleza.

Esto no es fruto de la biología sino de factores socioculturales. Déjenme poner un ejemplo de porque la preocupación por el aspecto no es exclusiva del sexo femenino: hay tribus africanas en las que son los hombres los que adornan sus cuerpos como símbolo de status social y fuerza. Son ellos los que se acicalan y por consiguiente son los hombres los que se comparan y «compiten» entre sí para ver quién es el que tiene más plumas, collares o huesos colgando del cuerpo (véanse las prácticas rituales de Los Bororo, en el áfrica subsahariana).

Empecemos a llamar a las cosas por su nombre: la costumbre de criticar la apariencia propia y de las demás no es inherente a la condición femenina sino producto de una norma social. Definitivamente las mujeres no llevamos en los genes la necesidad de criticarnos entre nosotras y desde luego no somos exigentes con nuestro aspecto por puro capricho. No tengan la menor duda de eso. Si cambiáramos ciertas pautas educacionales que todos asumimos como «normales» de forma «inconsciente» quizás haríamos desaparecer la costumbre de evaluarnos y ser evaluadas por lo guapas que somos o dejamos de ser. Casi nada.

Por cierto, ¿es verdad que las mujeres se critican entre sí con tanta virulencia? ¿No será esta creencia parte de los estereotipos habitualmente asociados a la condición femenina?

Foto: State Library of New South Wales