Demasiado guapa para ser lesbiana. Esta es una frase que casi cualquier lesbiana que cumpla los cánones de belleza de la feminidad al uso ha escuchado alguna vez. Demasiado guapa para estar sola es otra variante de la misma idea ampliada a las mujeres no «sospechosas» de lesbianismo.

Estas aberrantes afirmaciones generalmente pasan desapercibidas por normalizadas. Ambas frases esconden la misma idea. Se entiende que la única razón por la que una mujer no está con un hombre es porque no «está a la altura» lo que, en este contexto, significa que no es lo suficientemente bella. No es posible que una mujer decida, voluntariamente, perderse el privilegio de estar con un hombre para estar con otra mujer y, menos aún, para estar sola.

Así nuestra valía como mujeres pasa por dos aspectos esenciales: 1) cumplir fielmente los cánones de belleza al uso, a saber: ser blanca, joven, delgada, maquillarte, usar tacones… 2) encontrar un hombre que te «acepte».

Podría pensarse que, si esto es así, estas ideas no afectarán al colectivo lésbico dado que si te saltas la premisa de intentar «que un hombre te quiera», te liberarás del resto de parámetros asociados. Pues no. La realidad no es esta.

Si analizamos los «modelos lésbicos» a los que estamos expuestos a través de los medios veremos cómo en poco tiempo han cambiado tremendamente. Así, el cliché de la lesbiana que no sigue los «cánones de la feminidad», esto es, que no se maquilla, no usa tacones, lleva el pelo corto, no «cuida» su imagen corporal,… ha dado paso a otro en el que la lesbiana es «una mujer normal». Ya podemos ver a lesbianas «completamente femeninas» en todos los medios.

¿Significa esto que, por fin, nos hemos librado de los estereotipos asociados a la orientación sexual? Me temo que lo único que significa es que hemos conseguido ampliar a toda la población los cánones predominantes. Dicho de otra forma, hemos eliminado o disminuido las diferencias a base de asumir la norma mayoritaria.

La normalización, muchas veces vista como elemento deseable para salir de la exclusión o el rechazo, consigue que lo «raro» deje de serlo a costa de su eliminación en pos de las ideas mayoritarias. La idea de aceptar la diferencia y, más aún, de la riqueza que implica la diversidad nos queda aún bastante lejos.

En una sociedad sana estaríamos expuestos a una diversidad de modelos, a mujeres y hombres no sujetos a los cánones establecidos y no por ello puestos en tela de juicio. Es más, una sociedad sana se caracterizaría por asociar la belleza a la salud y no por lo contrario, como ocurre en la actualidad.

¿Realmente es beneficiosa la normalización?