Los patrones de opinión de los padres contribuyen de forma directa y decisiva en la construcción del autoconcepto físico de los hijos. Esto significa que los progenitores deben tener un especial cuidado en el tipo de comentarios y la cantidad de críticas referentes al cuerpo o la cara de los pequeños.

Los hijos internalizan las posturas críticas de los padres automáticamente, es decir, registran representaciones mentales del propio cuerpo en función de los comentarios recibidos a través de la familia. Durante la infancia prácticamente no se cuestionan los valores familiares, ni siquiera las ponen en duda, y después se utilizan como fundamento en la interpretación del mundo que les rodea.

Por ejemplo, cuando los niños observan a los padres excesivamente preocupados por la dieta y la figura, o cuando los escuchan criticar el aspecto físico de las personas de su entorno, por que están muy gordas, o son feas, o no van a la moda…todo esto determinará el valor que los niños darán después a su propia apariencia física y a la de los demás.

Así que como padres, somos los primeros que deberíamos fomentar la visión de que todas las apariencias son igualmente válidas y evitar criticar o ridiculizar aquellas que se desvían de la normalidad o de los cánones estéticos establecidos.

Sin duda, este es un buen consejo para todas las familias, pero sobre todos para aquellas cuyos hijos e hijas se encuentran ya en «situaciones de riesgo» porque ya empiezan a verse actitudes frente a la forma de ingerir alimentos que denotan ciertos síntomas obsesivos, o cuando la preocupación por la apariencia empieza a ser excesiva.

No debemos olvidar que los adolescentes que viven en un entorno de buena comunicación y aceptación corporal por parte de la familia, en general, desarrollan una mayor aceptación de la propia imagen física y por tanto estarán «vacunados» contra la insatisfacción corporal.

Fotografía de Shlomit Wolf