Demasiadas mujeres sufren por las transformaciones que experimenta el cuerpo con la edad o llevan mal el paso del tiempo. Sentir que se ha dejado de ser atractiva porque ya no se es tan joven puede causar problemas emocionales y de autoestima. De hecho hay mujeres que luchan por parecer jóvenes a toda costa y tratan de engañar al tiempo, recurriendo a medidas extremas como la cirugía estética. Pero pobre de ellas cuando lo hacen, porque entonces son duramente criticadas. Por ejemplo, los medios de comunicación y las redes sociales «machacan» a las actrices que transforman su cuerpo para parecer más jóvenes, y este fenómeno se ha extrapolado al resto de la población. ¿Acaso no tenemos cada uno de nosotros el derecho de hacer lo que nos plazca con nuestro cuerpo?

Estas críticas despiadadas son muy injustas: por un lado se apremia a las mujeres para que sean lo más guapa posibles y se ensalza a aquellas que tienen unas determinadas características físicas (y por cierto no cualesquiera porque hay pocos físicos que sean «aptos» para una mujer tenga la consideración de «guapa», incluso en la juventud…) pero por otro lado en cuanto esas características se degradan o sencillamente se transforman con el paso del tiempo se espera de las mujeres que tengan la fortaleza y la capacidad de envejecer con dignidad. Creo que es demasiado pedir.

Puestos a pedir, pidamos algo diferente. En primer lugar quitarle protagonismo al atractivo sexual femenino: que sea una cualidad más de las mujeres, como lo es de los hombres, pero no la más importante. Y en segundo lugar, si vamos a dar valor a la belleza física, ampliemos el concepto de atractivo sexual. Prácticamente no existen ideales de belleza encarnados por una mujer madura. La belleza femenina siempre se representa como una mujer joven, delgada y de piel firme… Los valores estéticos de nuestra sociedad no incluyen las características de las mujeres maduras y realmente esto es absurdo. Dejemos de ver las arrugas, los cambios en la piel o las canas como sinónimos de perdida de belleza y empecemos a verlos como lo que son: cambios inherentes a nuestra condición humana.

Hay mucha belleza, atractivo y deseo sexual en la madurez pero para convencernos de eso es necesario dejar de recibir mensajes (directos y subliminares) que nos dicen que solo la poseen los cuerpos jóvenes. ¿Lo tenemos que pedir a gritos?

Fotografía de Mikael Kristenson