Punto 5 del «Manifiesto Para Niñas»:

«No aceptes que te digan “una niña no hace eso”. Los que te hablen así (incluso si son tus padres), quieren cortarte las alas y marcarte un camino que creen que deberías seguir. Defiende tus decisiones, crece sabiendo que los que sostienen divisiones según el sexo tienen cerebros chiquitos y mentes de villanos»

«¿Estás embarazada?, Enhorabuena!! Y ¿qué va a ser niño o niña? En realidad da igual, pero ya sabes las niñas… para las madres, son mejores, son más cariñosas y eso…» Este diálogo es posiblemente uno de los más frecuentes ante la noticia de la venida de una nueva personita al mundo.

¿Cuándo empieza a pesar el género en nosotrxs? Numerosas veces he escuchado a madres y padres argumentar que a pesar de haber educado igual a hijas e hijos, las preferencias de ambos por juguetes y tipos de actividad son claramente distintas concluyendo, la mayor parte de las veces, que debe, por tanto, ser algo «natural» lo que nos incita a jugar con coches a unos y a vestirse de princesas a otras.

¿Cuándo empieza la socialización? El diálogo inicial sería suficiente para poner de manifiesto cómo el género pesa mucho antes de que seamos personas. Siendo fetos ya no somos futuras personas, sino futuros niños o niñas. Futuros empresarios, médicos y abogados; futuras madres, enfermeras y maestras.

«Eso era antes, hoy ya no, hoy se educa en la igualdad a niños y niñas». Esta es otra de las frases repetidas, casi a modo de mantra, en la actualidad. ¡Nada más lejos de la realidad! No sólo el día a día, sino también diversas investigaciones (véase vídeo del final de esta entrada) muestran cómo mientras a los bebes se los zarandea, a las bebés se las acuna. Mientras a unos se les habla con voz firme y potente, a las otras se les habla en tono dulce y meloso; mientras a unos se les atribuyen adjetivos como fuerte y valiente, a otras se las etiqueta como delicadas y cariñosas…

Así, día tras día el espejo nos va devolviendo una imagen no de lo que somos, sino de lo que debemos ser minimizando nuestras potencialidades para encajarlas en categorías claras y bien definidas: «niños-hombres-machos», «niñas-mujeres-hembras». Categorías, según esta lógica, complementarias y, por supuesto, excluyentes. Dualidades que reducen nuestro ser a categoría binaria, blanco-negro, masculino-femenino, hombre-mujer, borrando en nosotrxs cualquier matiz de color y de libertad.