Todos tenemos un discurso mental acerca de nuestro cuerpo, es decir, un conjunto de creencias, pensamientos, ideas y opiniones sobre como somos físicamente. Ese discurso mental es lo que piensas de tu aspecto exterior.

¿Cuál es tu discurso? ¿Qué términos o expresiones empleas cuando opinas sobre como eres físicamente? En nuestra cultura se ha impuesto un ideal de belleza demasiado exigente y esto explica que resulte complicado encontrar personas que se consideren auténticas y bellas. Muy al contrario, es común toparse con discursos poco halagadores en los que nos quejamos por no ser suficientemente atractivos.

En los casos extremos de personas que no se gustan en absoluto, es frecuente encontrar discursos plagados de pensamientos negativos, dañinos e insultantes. En sus mentes resuenan constantemente frases muy dolorosas: «me doy asco» «soy horrible», «toda esta grasa en mi cuerpo es repulsiva», «nunca podré gustarle a nadie»… Este discurso es en realidad una avalancha de críticas y afirmaciones autodestructivas que provocan estados emocionales también negativos. Porque ¿quién no sentiría tristeza o vergüenza ante una cadena de pensamientos tan insultantes?

La cuestión es… ¿Le hablaríamos así a otras personas, aun cuando nos parecieran poco atractivas? ¿Somos tan duros con los demás como lo somos con nosotros? ¿Juzgamos las apariencias de otras personas con la exigencia con la que juzgamos la nuestra? Probablemente no.

Casi todos estamos disconformes con alguna parte o con el cuerpo en general, y si bien esto no tiene porque ser un problema, no es menos cierto que deberíamos reflexionar y tratar de ser más compasivos con nosotros mismos.

Cuando el malestar con la apariencia es tan intenso que causa sufrimiento psicológico, es cuando la autocompasión es absolutamente necesaria. En los problemas de insatisfacción corporal hay una tendencia automática a la autocrítica y el desprecio que agrava el dolor volviéndolo insoportable. En estos casos, es imprescindible aprender a construir una imagen corporal diferente y hacerlo desde la autocompasión, aprendiendo a ser cálidos, bondadosos, amables con nosotros mismos como lo somos con los demás cuando sufren.

Aprovechamos la ocasión para invitaros a una reflexión: ¿Por qué nos cuesta tanto ser autocompasivos si podemos sentir compasión por los demás con cierta facilidad?