Mirar el cuerpo de otras personas (o literalmente «escanearlo» con la mirada) hace que inevitablemente nos comparemos con ellas. Es además un comportamiento muy frecuente entre las mujeres. Nos comparamos con los demás de forma inconsciente y automática, sin saber que es una conducta muy perjudicial para la autoestima. Es un hábito muy resistente y difícil de controlar, puesto que el contacto visual con las personas de nuestro alrededor es inevitable.

¿Por qué nos comparamos con los demás? Cuando hay algún asunto que nos interesa o nos preocupa, es normal que le prestemos más atención. Por ejemplo, una mujer embarazada empezará a fijarse en el resto de mujeres embarazadas mientras otra que estuviera pensando en comprarse un coche no se fijaría en embarazadas sino en los coches de su alrededor. Este fenómeno, que es natural en el ser humano, se suma a otro fenómeno también muy frecuente como es la tendencia a compararnos con los demás en los aspectos que nos interesan o nos preocupan. Por ejemplo, la mujer embarazada cuando mire a otras mujeres en su misma situación probablemente se comparará con ellas de forma automática: ¿tengo más o menos barriga/panza que ella? ¿habrá engordado de la misma forma? En el caso de la mujer que quiere comprar un coche es probable que se pregunte cosa como… ¿puedo permitirme un coche así?

Ambos fenómenos, prestar más atención y compararse, pueden llegar a convertirse en un problema, cuando ocurren en relación a cuestiones que nos preocupan o nos obsesionan en exceso. Por ejemplo, si a una mujer le disgusta el tamaño de las caderas, prestará mucha atención a sus caderas, pero también a las del resto de mujeres y además empleará mucho tiempo en comparar de forma automática sus caderas con las de otras mujeres.

Desde la Teoría de la Comparación Social, Festinger (1954) nos propone una explicación para este fenómeno. Las personas crean parte de su identidad personal a través de hacer comparaciones con los demás. Comparamos todo tipo de cosas: capacidades, posición social, nivel económico, y por supuesto, la apariencia física. Además, hacemos dos tipos de comparaciones: al alza y a la baja. Cuando una persona se compara con alguien a quien considera superior (en algún aspecto) esto sería una comparación al alza, mientras qué si lo hace con alguien que considera inferior, sería una comparación a la baja. Los estudios muestran que las comparaciones al alza causan malestar y frustración, mientras que a la baja, las comparaciones tienden a causar bienestar y satisfacción. Por ejemplo, alguien con un trabajo y un sueldo medio podría sentirse insatisfecho cuando compara lo que gana con el sueldo de sus superiores, pero se sentiría mejor si se comparara con personas desempleadas y sin ingresos.

Las personas preocupadas por su apariencia hacen más comparaciones al alza, es decir, suelen comparar con más frecuencia su cuerpo con el de mujeres que consideran atractivas. Esto explicaría en parte el elevado malestar que sienten muchas mujeres cuando se comparan con las demás. Las consecuencias de hacer este tipo de comparaciones al alza son devastadoras porque al final la sensación es la de «salir perdiendo» siempre y eso termina afectando negativamente al autoconcepto y la autoestima de la persona.

Hay mujeres que me han confesado que es la comparación con otras mujeres es lo que les provoca mayor malestar y sufrimiento en su vida. Por eso es tan importante, ser consciente de este fenómeno y tratar de aprender a gestionar las comparaciones con los demás de una forma diferente.

 

El ejercicio 6 del Paso 3 del programa UNICA te propone reducir o eliminar la conducta de comparar nuestro cuerpo con el de las demás personas. Regístrate gratis en el programa y accede a este ejercicio y al resto del programa UNICA: http://www.unicaproject.com